Hubo un tiempo en que el deseo implicaba riesgo. En el que un hombre hablaba por teléfono a tu casa y tenía que hablar con tu papá para llegar a ti. En el que las mujeres medían el interés por presencia, no por emojis. Porque hoy demostrar interés implica mandar un corazón por Instagram o un mensaje por whatsapp sin ni siguiera preguntarte ¿Cómo estás?”. Hubo un tiempo en que quedarse era una decisión. Hoy todo es “vemos”, “tranqui”, “no quiero complicarme”.
No es nostalgia. Es contexto.
Yo la verdad sí extraño las llamadas, escribir cartas, dedicar canciones, ser melosos. Decirle a alguien que te gusta. Estar presentes. Tener curiosidad por la otra persona.. Hoy en día, eso es ser “intenso”. Querer claridad y ser honesto es ser “intenso”. Cuando para mi eso es sentido común básico.
Antes de que febrero se llenara de corazones de plástico, rosas comerciales, cenas obligatorias y amor empaquetado en promociones, este mes tenía otro pulso. No era romántico en el sentido moderno. Era corporal. Ritual. Intenso. Febrero no pedía gestos: pedía presencia.
En las culturas antiguas, febrero marcaba un umbral. No era invierno, pero tampoco primavera. Era ese punto medio entre los dos, en el que algo empieza a moverse bajo la tierra mientras todavía hace frío, pero salían los primeros brotes primaverales. El cuerpo despertaba antes que la mente.
Los celtas lo llamaban Imbolc, y se celebraba entre el 1 y el 2 de febrero. No celebraban el amor bonito. Celebraban el regreso del calor. El fuego.
Encendían velas, limpiaban casas, preparaban la tierra. No para acelerar nada, sino para sostener el inicio. Imbolc no era minimalista. Era serio. Celebraba la decisión de sostener cuando todavía hay frío, cuando no hay pruebas, cuando el brote no garantiza nada. Porque empezar a encender algo cuando aún está medio frío y no es cómodo, implica compromiso. Implica quedarse. Implica entender que el deseo no es lineal, ni constante, ni siempre luminoso. El deseo, como la vida, es cíclico. Y sostenerlo también es parte del ritual.
Un par de semanas después, ese mismo despertar se vivía de forma distinta, y más intensa en Roma, entre el 13 y el 15 de febrero, se celebraba Lupercalia. Una fiesta que hoy incomoda porque estaba centrada en el cuerpo. Lupercal, la cueva al pie del Palatino donde, según el mito, la loba amamantó a Rómulo y Remo. Desde ahí empieza todo: Roma nace de hambre, cuerpo, animalidad y protección feroz, no de romance.
Cabras sacrificadas. Sangre en la piel. Jóvenes corriendo semidesnudos por la ciudad.
Mujeres acercándose voluntariamente para ser tocadas con tiras de cuero como acto de fertilidad y purificación.
No había metáfora ni idealización. Había contacto. Había piel. Había entrega.
De hecho, la palabra febrero viene de februa: los instrumentos de purificación usados durante Lupercalia. Febrero siempre fue un mes de limpieza a través del cuerpo. De sacudir el letargo del invierno. De reactivar el deseo colectivo y la vida (justo como en Imbolc)
El deseo, la intensidad.. no se reprimía ni se idealizaba; se movía y se tocaba. Se ritualizaba para que no se volviera destructivo.
Pero ese fuego era demasiado para una cultura que empezaba a temerle al desorden, al placer, al cuerpo. El cristianismo no eliminó febrero: lo domesticó. Lupercalia fue prohibida en el siglo V, pero la fecha no desapareció. Se recicló. Sobre esos mismos días se colocó una nueva narrativa: así apareció San Valentín y, con él, el 14 de febrero.
Un mártir. Un relato. Amor puro. Sacrificio espiritual. Nada de sangre. Nada de desnudez. Sexo hasta casarse. Nada que no pudiera contarse sin rubor. Nada de intensidad.
El deseo dejó de ser ritual y se volvió un tabú. Me da coraje porque el placer es de las pocas cosas que son un lujo gratuito, un espacio para ser intensos sin ser juzgados . Y como alguien que se dedica a la salud de la mujer, todos los días veo a mujeres sentirse mal por vivir su feminidad, su sensualidad y disfrutar de la sexualidad. Lo mismo con los hombres.
No estoy diciendo que tenemos que regresar a tiempos de lupercalia, pero veo una sociedad profundamente incómoda con lo humano que juzga el deseo, pero consume anestesia. Que censura el placer, pero normaliza la desconexión. Y mientras la desconexión se viva como algo normal, el placer nunca va a desplegarse por completo. Porque el verdadero placer no nace del exceso, ni de la transgresión constante, sino de la conexión con el cuerpo, con la presencia, con esos pequeños rituales diarios que nos recuerdan que estar vivos también se siente bien.
El problema no es el deseo. Es haber olvidado cómo sostenerlo sin negarlo ni convertirlo en mercancía. Al igual que el amor.
Porque siglos después, el mercado terminó el trabajo de hacerlo menos intenso. San Valentín se volvió eficiente, limpio, consumible. El amor pasó de ser algo que se encarnaba a algo que se demuestra una vez al año. Un gesto basta. Una cena basta. Joyería basta. Una foto basta.
Y en ese proceso muchas cosas se han perdido.
Hoy vivimos en una cultura afectiva tibia. Vínculos sin fricción. Deseo sin riesgo. Intimidad sin profundidad. Listas en shuffle. Pistas de baile en donde no bailan. Un “no estoy listo, pero quiero disfrutar de tu energía sin tener que estar”. Nos entrenamos para no necesitar, para no pedir, para no quedarnos demasiado. Sentir se volvió excesivo. La intensidad, sospechosa. Y en ocasiones hasta de decir “está loca/o”.
Pero el cuerpo no es tibio. El cuerpo sigue sintiendo y necesitando. Y después del frío invierno, febrero nos da esa promesa de calor que nos conecta con el fuego. Despierta algo que no cabe en el lenguaje minimalista del desapego cool. Hay ganas de contacto, pero no de echarle ganas. Hay deseo, pero viene lleno de promesas vacías. Hay hambre de ritual y conexión en una cultura que solo ofrece emojis y textos.
Imbolc no celebraba el amor bonito. Celebraba la disposición a sostener el inicio. Lupercalia no prometía eternidad. Ofrecía cuerpo y presencia. Las dos pedían entrega.
Tal vez por eso el “mes de amor” se siente raro y falso, por lo menos para mi. No porque falte amor. Sino porque falta fuego. Falta no tenerle miedo a la entrega. Falta cuerpo. Faltan discos escuchados completos. Café sentado. Regalar rosas un día random. Cartas escritas a mano. Conversaciones que no se cortan cuando empiezan a incomodar. Una pinche llamada por teléfono solo para decir “hola, que tal estuvo tu día”.
Febrero no es romántico. Es corporal. Es hormonal. Es ritual. Es entrega. Es esperanza de algo que puede ser mucho más siempre y cuando no caigamos en el “pero ahí vemos”, “hay que fluir”... (que digo, yo fluyo, pero se puede fluir con intención).
En tiempos de amor tibio, no es nostalgia. Es un acto profundamente subversivo.
Y la verdad, si ser intensa es tener chingos de deseo, pasión, curiosidad, expresar sentimientos, llorar con canciones, creer en un amor presente que no te apaga sino que te expande, que te confronta, que te hace crecer, a través de la complicidad y no del control…entonces sí. Soy intensa. Lo digo con mucha certeza. Eso de jugarle a la cool no es lo mío. Y lo que menos necesitamos quienes somos así es un solo día del año que nos permita normalizar todo esto, porque la intensidad no se expresa en un solo día: se sostiene todos los días. Y necesita de rituales, espacios y personas en donde pueda ser canalizada.